lunes, 23 de enero de 2012

84 CURIOSIDADES

"Amigo, eso no sucede en la vida real, Bernardo. Los hombres hétero no hablan de esas cosas. Cuando yo hice mi postítulo investigué el tema de la virilidad y hay estudios que demuestran que esas conversaciones jamás...jamás de los jamáses se va a conversar entre héteros. En un grupo de amigos hombres y donde ninguno sea gay, nadie va a admitir jamás que se ha pasado rollos con alguien de su mismo sexo".
"No pues, Bernardo, porque al decir eso pasan de inmediato a ser maricones frente a los demás, aunque tengan mil explicaciones para poder defenderse. Así que esas cosas los hétero no las confiesan".

Los granizados se derriten sobre las mesas del Tomodachi, y yo me quedo con el disco pegado en esas frases con las que Javier y Gonzalo defienden a pie juntilla su teoría acerca del comportamiento humano y la relatividad del hombre hétero en nuestra sociedad. Porque de alguna manera tiene lógica total el discurso ese de que nadie quiere pasar por colipato frente a los demás, como para confesarlo tan suelto de bragas en una conversación ebria de testosterona y cigarros sin filtro, por más que conozcas desde novillo a tu comensal.

Pero entonces, si con base teórica e hipótesis y planteamiento del problema, está tan demostrado que los héteros jamás van a contar que alguna vez tuvieron sueños gay, tal y como me lo recalcan este par de amigos, y menos la mayoría lo va a querer recordar en publicidad ¿por qué Juan Pablo me lo dice con tanta franqueza, en medio de las mentiras que me terminó por inventar?
"¿Y te dijo que un amigo suyo comentó eso?". "Un par de amigos, en realidad". "Porque lo que quería era conversar el asunto contigo, pero no te iba a confesar nunca que es él el que se ha pasado el blue-ray, Bernardo, y yo creo que hasta ya ha soñado un par de veces que algo pasa entre ustedes dos". "¿Tú crees que conmigo?". "Yo creo que ya te ha pescado vivo, varias veces, aunque sea en sueños y no halla forma de cómo decírtelo, amigo". "Yo creo que ni siquiera quiere decírmelo".

Analizando bien la situación, la óptica de mis dos amigos me resulta certera. En realidad creo que es muy poco probable que ni en borrachera ni en sobriedad, alguien de apertura en una conversación al hecho mismo de confesar tan abiertamente haber tenido alguna fantasía gay, en cualquier etapa de su vida. Sin embargo, soy un convencido de que muchos de los héteros que conocemos y con los que tratamos a diario y vemos casados, o emparejados, o en proceso de boda o separación, al menos una vez se ha preguntado cómo sería experimentar con su propia especie, e incluso soñado con eso. Pero, si las hipótesis y teorías que Javier estudió tan a fondo y de las cuales me cuenta hoy con la seguridad de un erudito, son comprobadamente aceptadas y reconocidas ¿por qué alguien no podría sincerarse en una conversación de vasos rebosantes de amistad en un grupo de personas que se conocen de toda la vida?. Bueno, simple y sencillamente porque ninguno de nosotros quiere que nos suban al columpio, y menos que nos tilden de locas.

Creámoslo o no, solo basta entrar a gaychat.cl para darnos cuenta de que abundan los perfiles de hombres que se dicen hétero curiosos o machos confundidos, como para convencernos de una buena vez, que de entre todos los mentirosos que abundan allí, más de alguno debe ser un hombre "honesto", en busca de ese polvo revelador que le ayude a dilucidar sus dudas. Y entonces ¿no es que afuera de esas salas hay muchos más que no se atreven, o se aguantan, una y exclusivamente porque les da miedo seguir sus fantasías y revelarse a ellos mismo como el maricón que nunca han querido ser?

Bueno, pues. Las mujeres tienen una opinión al respecto, y ciertos recelos también, referentes a esas fantasías que algunas de sus parejas, muy temerosamente, les han querido exponer.
"Weón. No sé qué tiene el mundo de ustedes, que el que entra ahí, no vuelve nunca más".

Mariela no es mi amiga cercana, pero en lo poco que la conozco sí he podido ver a una mujer de esas escasas que adolece, en su esencia misma, de hipocresía. Y entiéndase que cuando digo "adolece", es porque su forma de ir por la vida es tan innatamente honesta, que a ratos se confunde con terquedad y una pizca de comunismo. Es de ese tipo de mujer que prefiere amigos gay para desentenderse de pleno del competitivo mundo femenino y entre nosotros se desenvuelve a completo agrado. Y por eso, cuando me dice que ella no movería un dedo por un weón que se perfume del aroma colibrí, incluso en sus más inconfesos pensamientos ¿no será porque ya buceó por esos mares plagados de honduras?.

"Ya me pasó una vez, Bernardo, y con eso quedé curada de espanto. Mira, si mi pareja se mete con otra mina y además se engancha de esa weona, yo saco las uñas de inmediato y me defiendo como gato de espaldas, porque a una mina le doy la pelea y te aseguro que le saco la chucha. Pero si mi pareja se mete con un weón, Bernardo, yo no me esfuerzo en lo más mínimo por recuperarlo, porque ahí no hay nada que hacer. Una mujer puede competir contra otra mujer. Pero competir contra un hombre, weón, no hay forma. Una mujer jamás le va a ganar a un hombre la pelea por el mismo mino".

Me quedo pensando sobre ello, y encuentro en su argumento una buena razón para que los hétero sientan tanto miedo a concretar abiertamente este tipo de fantasías. ¿Y si les termina gustando? ¿Y si se terminan asumiendo? ¿Y si lo van a tener que reconocer?
Recuerdo de pronto a Esteban y me doy cuenta de que también tengo una historia como ésta que poder contar.

Nos conocimos por esas cosas del maldito chat y comenzamos una relación que en un par de semanas pintaba para buena, pero que finalmente, y en mi tozudez, fui yo el que no quiso dejar prosperar.
Venía recién conociéndose gay y a sus 27 bien vividos años había cancelado su matrimonio, asumido coliflor, y defendido su paternidad, por esa misma curiosidad que mató al gato cuando lo dejaron a cargo de la carnicería.
Lo cierto es que fue justamente con un compañero de trabajo, en uno de esos cursos fuera de Santiago que te obligan a compartir habitaciones en hoteles con conocidos que en tres o cuatro días saben más de tu vida mirando en tus maletas; cuando afloró por primera vez en sus pensamientos la curiosidad.
"No sé. Yo creo que igual me cachó mirándolo cuando se acostó y se pasó los rollos. De hecho se quedó como sobre las tapas con puros bóxer y después como que se los bajó un poco para que yo lo alcance a ver, pero yo nada, Bernardo. O sea, como que encontré que tenía bonito físico y ve veía claramente que tenía buen culo, pero me quedé dormido. Hasta que después me desperté cuando se sentó en mi cama y ni me acuerdo qué me dijo él o qué le dije yo como para que empezáramos a besarnos. Pero la cosa es que pasó. Y desde ahí en adelante todo mi mundo se dio vuelta. Toda la óptica de mi vida cambió".

¿Tanto así? Tanto así que desde entonces su futuro matrimonio se fue en picada, entre los esfuerzos que hacía ella por retenerlo, y las encamadas que Esteban se pegaba en clandestino con su jefe, hasta el mismo momento en que se convenció.
"¿Y le confesaste que querías terminar con ella porque te descubriste gay? Me estás webiando, Esteban. Esa no te la creo". "Sí, weón. Si le dije para que me entendiera, pero yo no contaba con que a esas alturas ya estaba embarazada. Y fue por eso, weón, que quedó la cagada. Le contó lo que le dije a sus papás. Su viejo me quería linchar, tú comprenderás, y bueno, ya lo había hecho ya. Tuve que apechugar no más, no me quedaba otra. Todos se enteraron, hasta mis papás". Pero ¿y valía la pena?. Y claro que valía la pena, si es que en realidad es cierto lo que dice Esteban de que en algún momento iba a tener que pasar.
Pero ¿y si hubiese pasado nunca?. Pero ¿y si no se hubiese atrevido a probar?

Lo cierto es que hay ciertas curiosidades en este mundo que nunca entenderemos. Por ejemplo, esa que tengo yo de cuando en cuando, cuando miro una porno y hay mucha gente desnuda en el mismo lugar. Sé que no me atrevería, porque a duras penas probé un trío y no quedé con buenos recuerdos de eso como para aprontarme, siquiera, a reintentar. Y entonces ¿qué arriesgamos cuando cumplimos esas fantasías que a nadie se pueden confesar?. ¿Qué arriesgamos cuando cruzamos esas delgadas líneas de los pudores?

"Weón, yo sí creo que tu compañero pueda tener algunas dudas suyas de rollos que se pasa contigo. Mal que mal eres casi su jefe, y eres como una figura con autoridad en tu trabajo. Es fácil confundir admiración con otro tipo de deseo, porque cuando uno admira a alguien empieza a fijarse en detalles que no están a simple vista para los demás, tal cual como nos pasa cuando nos gusta otro weón, y eso llama mucho la atención. Más aún ahora que sabe que eres gay y aún así estás por encima de todo el resto en tu pega. Eso puede hacer fácilmente que él se confunda e incluso que resbale, porque tú eres un tipo súper interesante igual como persona y en tu pega todavía eres mejor. Pero si quieres un consejo de amigo, Bernardo, no te metas con él, aunque tengas la oportunidad, mientras siga estando en pareja; porque si lo haces, tú lo vas a pasar chancho, de seguro, pero para él va a ser una experiencia traumática aunque lo disfrute y le termine gustando. La primera vez va a ser chocante para él, y si está todavía con su polola se va a refugiar en ella y capaz que a ti no te vuelva ni a mirar. Así que ojo con eso, amigo. Que si de verdad la cosa quiere que sea contigo, tiene que estar primero todo en su lugar".

Como siempre terminamos pagando la cuenta en el Tomodachi cuando ya están guardando las mesas, y nos regresamos caminando hasta mi cacharro para dar una última vuelta por Santiago, con la excusa de dejar a Javier hasta las puertas de su hogar. "Amigo, si quieres me voy en Metro no más. Son las 11:00 recién. No me tienes para qué ir a dejar".
Yo no le respondo nada, en parte porque no vamos a pelear por esa burrada, pero sobre todo, porque sigo pensando seriamente en esta curiosidad que me embarga de una posible curiosidad ajena.
Los miedos ya no son parte de mi geografía, pero sí me estoy dando cuenta ahora de que las curiosidades sí.

Pero ¿Y si resulta que es cierto que esas conversaciones no se dan jamás, y es su forma encubierta de admitirme que algo pasa en su cabeza para con mi vida? ¿Y si resulta que es cierto que podemos resbalar y terminamos por estropear toda esta increíble amistad que no sé de dónde ha comenzado a surgir?

Manejo despacio dando vueltas por Recoleta. Pero de pronto tengo ganas de dormirme de inmediato y levantarme temprano para trabajar.
El Gonza hurga en su iPhone nuevo buscando en la bliblioteca de música (que casi con pistola en mano me obligó a regalarle) algo ad hoc a la ocasión y me palabrea de una: "Este es tu tema, amigo...I kissed a girl and I liked it", y yo no puedo apenas evitarme carcajear.

Siempre es bueno tener a alguien que de entre tantas dudas, tenga la facilidad como para con una sola canción, hacernos aterrizar.

martes, 22 de noviembre de 2011

83 UN POCO MÁS BAJO LA PIEL

Mediante más cerca estoy de Juan Pablo, más me convenzo de que algo hay ahí que no se quiere dejar ver. Y entonces, después del acostumbrado café de media mañana, en tanto me replego nuevamente a mi oficina, me doy cuenta de que es curiosidad heterogénea, o bien cierto empalagoso antojo a lo que soy yo, lo que lo mueve a descubrirme antes de decirme nada. Pero como aún yo no me he confesado ante esos curvilíneos y resbaladizos comentarios que sólo buscan hacerme caer y estrellarme contra la honestidad de una confidencia que seguramente me va a dejar de manos atadas, Juan Pablo día a día se las ingenia para barrerse esa curiosidad y convenserse de que en cualquier momento me voy a tener que descuidar. Y aquí es donde en la confianza está el peligro.

"En la oficina son todos tan comunes, Bernardo, que a ratos me aburro de estar metido ahí. El único distinto eres tú, y se nota la diferencia. Con nadie más se puede hablar de nada. De nada".
Pero ¿Qué me está tratando de decir con eso? ¿Que soy una loca y las plumas se me vuelan a vista y presencia de quien sea? ¿O es sinceramente que me considera alguien especial de entre todos los que nos encontramos cada mañana allá?
Miro a mi alrededor y de verdad me siento alguien especial, diferente. Más, en ningún caso esa cualidad reside en mis gustos amatorios. Esa cualidad es hija de que vivo cada día creyendo que efectivamente soy así, y de que en cada cosa que hago trato de que se haga ver.

Ahora bien, tengo esa extraña sensación de que soy demasiado evidente ante sus ojos, y sin embargo, él espera algo mucho más concreto aún que eso para ponerse a hablar.
Y también tengo la certidumbre de que si ya me tiene un poco entre sus dedos, cualquier confesión que yo haga referente a mis gustos, me va a dejar ante él en una posición en la que yo, lisa y llanamente, no voy a poder maniobrar. Y entonces ¿me desangro en confesiones y le digo que dentro de todo, sí soy el coliflor que él se imagina que soy y que además me gusta esa manera en que me mira cada vez que me viene a buscar? ¿O me contengo en esa veta ilusa hasta que ciertos asuntos no sea necesario conversarlos y se apremien en la obviedad de toda esa intimidad que él mismo se ha esforzado en construir en torno nuestro?

Los gay somos zorros por naturaleza. Detectamos a una prima a cuadras de distancia y percibimos en el hétero con olor a pañales, a ese maricón encubierto que por miedo al qué dirán o al desalojo hereditario, decidieron embaucarse y procrear familias correctas, mientras se tientan con el roce de una mano masculina a la altura de esa bragueta que más tarde se abre en el cuartucho de uno de los box del sauna gay, tres cuatros de hora antes de ponerse el pijama de franela que seguramente su mujer almidonó durante el día entero para él.
Ahora bien, si para algunos de nosotros es tan sencillo buscar y dejarse ver solamente con una mirada ¿cómo es que descubren los héteros a un gay?
Teniendo claro que nadie anda detectando héteros por la vida, porque se presume o se espera que todos lo seamos ¿cómo afina el ojo un semental para detectar a esos que pasan por caballo, pero que en el fondo son solamente yeguas de pelo más grueso, nada más?
Pues yo creo que en éste asunto, al muerto hay que enterrarlo...por partes.

Los héteros planean estrategias para hacer caer a un gay y trasvasijarlo sin pudores a la frutera desenfadada de la confesión popular, única y exclusivamente para establecer su virilidad. Se fijan en los detalles y buscan en todos los hombres a un coliflor, porque tratar a otro de maricón (siempre en broma, por supuesto) desvite a algunos de esas dudas que luego van a terminar vistiendo a otros.
Si la camisa es demasiado ajustada....puede ser. Si al caminar mantiene un swing femenino....dalo casi por seguro. Si es que se arregla demasiado....yo diría que sí. Y si se espolvorea un poco el rostro...eeeeeeeeees poh!. Pero ¿cuándo es que dicen "no, este no"? ¿O cuándo es que un gay no deja cierto perfume en el ambiente que es explícito a los que tenemos buen olfato, y es algo dudoso para los que nacieron sin nariz?

Por eso, en esta vida que me ha tocado vivir, he aprendido una cosa que puedo promover de certera como pocas puedo asegurar con tanta razón, y esa es que la experiencia hace al maestro. Porque el gay, impulsado a buscar estrategias para ocultarse casi toda la vida, sabe muy bién cuando alguien más está tratando de esconder algo. Porque si nunca probaste ancas de rana ¿cómo puedes saber si realmente saben a pollo?

"¿Tú crees que el estafeta de los abogados de arriba sea gay, Bernardo? ¿Tú cachai de cuál te estoy hablando, cierto? Del que anda siempre con la gillete café". "¿Y por qué piensas tú que es gay, si es un cabro chico? Hoy en día todos a esa edad se visten igual. Yo no le encuentro nada raro". "Pero es bien femenino el, pues, Bernardo. Se nota que es medio raro".
Y entonces ¿por qué es importante para él saber si realmente es colifror ese niñito que a dario nos topamos en el ascensor? ¿Se habrá dado cuenta de la mirada que me da cada vez que nos encontramos en la caja de vidrio en la que en menos de un metro cuadrado nadie se habla, aunque subamos y bajemos todos hacia los mismos lugares?

El hombre hétero a menudo tiene esa fijación por los pares, que a mí me parece dudosa. Dije en algún momento que todos los hombres son gay, porque a todos les gusta sentirse admirado, incluso cuando es por un igual. Sin embargo, en esta ocasión en particular yo tengo esa sensación medio mariposona que me dice que a todas luces Juan Pablo está empecinado en salir del empacho conmigo. Porque el asunto acá no se trata de descubrir a las colibríes que pululan por nuestro entorno, como las abejas que se cuelan en el panal. Acá se trata, lisa y sencillamente, de que en la certeza de mi respuesta, él puede encontrar la solución a esa pregunta que él contiene en su interior y que no es capás de disparar. "Bernardo, tú eres gay ¿cierto? Y no me quieres contar".

Sentado frente a mi pc yo me río soslayadamente, para que no se de cuenta, mientras pienso en lo ingenuos que los hétero son.
De hecho, como de medio lado también, miro a Juan Pablo recostado en mi escritorio a un metro más allá y me detengo en su actitud de hombre sin maldad que no sabe cómo expresar lo cómodo que se siente aquí conmigo, sin que suene a confesión sentimental o a mariconeo en mala; y se funde en un silencio que no inquieta ni al derecho, ni al que se torció.
Acá la cosa se está filtrando por las rendijas, y por las rendijas yo puedo ver que hay muchos otros asuntos de los cuales él también quisiera tener la libertad de hablar.

"¿Tienes algún amigo gay, Bernardo? Ese compadre con el que vives, por ejemplo ¿tiene polola o lleva minas a tu depa, o no le has cachado en nada raro en este tiempo? O sea, no sé cuánto lo conoces tú, pero a veces uno se lleva sorpresas, hasta de los más cercanos, por eso te pregunto. ¿Conoces a alguien que sea maricón?".
Levanto la vista por encima de mi notebook, y después de tantos días redundado de cuando en cuando sobre los mismos temas, siento que ya es tiempo de que pare la chacota, antes de que me termine por hartar.
"Maricones conozco a muchos, como sabrás. Si ya te conté que tuve a un socio, que me cagó con plata alguna vez y el weón nunca más se apareció. Pero si te refieres a amigos gay, no sé por qué me preguntas tanto, compañero ¿Te complica el tema gay, Juan Pablo? ¿Te complicaría por ejemplo, si yo fuese gay?".
Me sorprendo en su mirada, porque no es la que esperé. Yo confiaba en que se descolocaría, confiaba en que en algo lo pudiese perturbar. Pero contrario a lo que esperaba, a Juan Pablo ahora le brillan los ojos, y me mira con atención completa, como ordenando mil preguntas y sin saber por dónde comenzar.
"Bernardo, tú eres gay ¿cierto? Y no me quieres contar."

Recuerdo que la primera vez que le conté a alguien que soy gay quedó, literalmente hablando, la cagada.
Yo estaba enamorado de él y, sin embargo, a mis tempranos 16 años, esperaba que dicha confesión constituyera una manifestación de mi lealtad, en vez de la manera retorcida en la que él lo interpretó.
Me gritó la vida en el pasillo del liceo y en cuestión de segundos echó por tierra todas mis buenas intenciones para con su vida, en la que yo tenía clarísimo desde el primer día en que lo ví que jamás seríamos algo un poco más allá de los buenos amigos que yo quería que fuésemos, al alero de la honestidad. Y entonces, bajo el karma de tanto expertise, entre los cuales he pecado de inocente y me vi obligado a afinar la puntería para no malgastar cartuchos cada vez que veo a un detractor en frente mío, ¿no tengo claro que mi apuesta con Juan Pablo ahora, va más a ganador que a desperdiciar un tiro?

"¿Por qué en todo este tiempo no has sido capáz de preguntarmelo así, directamente hablando, sino hasta ahora en que practicamente te estoy diciendo a grito limpio que sí lo soy?. ¿Sabes, Juan Pablo? Esa es una de las facetas humanas que menos me gusta de la gente que conozco. No sé si es una cuestión de los chilenos, o es una cuestión de tipo cultural o es porque el clima es entero raro que la gente se comporta así, pero ¿no sientes tú a menudo que casi nadie va de frente cuando tiene algo que preguntar? Y lo peor ¿no sientes tú a menudo que todavía son menos los que se van a atrever a responder?".
"No me complica en nada, Bernardo, que seas gay, y al contrario de verdad que esperaba que lo fueras. Pero ahora que me lo dices de esa manera, en realidad como que empieza a preocuparme que vayas a cambiar tu opinión referente a mí. Yo te respeto mucho weón, y eso que casi es nada lo que te conozco, pero me he dado cuenta del tipo de hombre que tú eres, y no me gustaría que me negaras tu amistad por no haber sabido preguntarte esto como tú esperabas".

Sabía que una sonrisa mía le bastaría, y eso fue precisamente lo que le regalé. Juan Pablo me miró con aspecto de niño bueno y me sonrió dos segundos después, también. "Weón, no quería parecer desubicado contigo y preguntarte nada si no me querías contar, pero quería que me lo dijeras para convencerme de que de verdad confías en mí. Me imagino que hay un tema de cariño y confianza para ti cuando decides decirle a alguien que eres gay, y por lo mismo quería que esto pasara. En realidad creo que en mi vida no he encontrado tampoco mucha gente en la que confiar".

Y esa, precisamente, no era una confesión. Esos eran sus descargos frente a la realidad.
Hoy en día no solamente los que somos gay cargamos con el peso de no contar con amistades de verdad, después de la noche ahumada en la discoteca o tras dos tragos en el bar. Hoy en día hombres como Juan Pablo también lidian con soledades en las que colaboramos con muchos pero son contados con los dedos de una mano aquellos en los que podemos confiar y decirle, sin reparo, un te quiero, desprovisto maldad.

Nos quedamos los dos sólo en la oficina cuando la tarde ya va en retirada, y a nuestras espaldas sentimos a las señoras del aseo que, sigilosas, susurran sonrisillas de todo lo que encuentran tirado en el papelero o algúno que otro olvido en los escritorios de esa gente que aún no conozco, aunque trabajemos juntos desde hace años aquí.

No sé qué nos quedamos haciendo, pero tampoco me interesa mucho darle explicaciones a esto si ya ha quedado de manifiesto que siendo así, tan distintos, en el fondo no somos tan diferentes cuando de hurgar se trata un poco más bajo la piel.
"¿Te quedas un poco más, o me acompañas por un café para que terminemos el día de buena manera antes de irnos de acá?". "Está cerrado el Starbucks ya, Juan Pablo. Me aguanto hasta mañana no más". "¿Y no puede ser ningún otro lugar sino es ahí, o acaso no existe ningún otro café más en el planeta que podamos compartir?". "Existen, claro que existen, pero son alternativas nada más. Cuando puedo esperar por lo que me gusta, por lo que yo quiero, no recurro a ninguna opción, amigo mío. Prefiero esperar por el que de verdad quiero esperar".

Cierro el computador 10 minutos después y antes de guardarlo en el bolso un mensaje se me asoma en el celular: "Me encontré con el estafeta de nuevo en el ascensor. Ya pues, dime ¿es gay o no?". Entre risas no se me ocurre qué contestarle, aunque sí tenga mil argumentos para dar. "Amigo, yo respondo por mi vida, no por la de los demás. Pregúntele si le interesa tanto. Yo por hoy no tengo nada más que contar. Descanse, y mañana nos vemos". "Bueno, me cagaste, pero igual te quiero. Descansa igual".

Las señoras del aseo abren mi puerta entre sonrisitas y dan un grito de pavor cuando me ven parado en silencio con el celular en la mano, mientras intento releer el mensaje que Juan Pablo me mandó hace apenas segundos atrás, y se deshacen en disculpas.

Y recién entonces me doy cuenta de que ya es tiempo de marcharse porque aún no es tan tarde para dormir. Aunque sí tenga muy claro que quizás ya es un poco tarde para soñar.

viernes, 21 de octubre de 2011

82 MIENTRAS DUERMES

Viernes por la tarde, el trabajo se va acabando y yo miro el calendario de mi notebook para darme cuenta de que hoy, justo hace un mes atrás, comencé una relación con alguien. Hoy, justo hace un mes atrás, menos tres horas, nos juntamos a negociar en el Starbucks de Ricardo Lyon, lo que sería el punta pié inicial de este plan piloto que hasta el día de hoy todavía nos tiene encontrándonos cada tarde para hacernos cargo de los acostumbramientos. Este proyecto de compañía que todavía no ha logrado alumbrar a los arrepentimentos ni a las falsas expectativas y que, a ratos, pareciera que ha llegado hasta aquí para quedarse.

Sin embargo, ambos tenemos claro que en el poco tiempo que llevamos estas relaciones son tremendamente frágiles. Son fracturables hasta el punto de que en cualquier momento podemos atender a nuestra propia verdad para decidir conversarlo una noche en el fragor de las confianzas o hacerlo de mala manera y desaparecer, lenta o repentinamente, como muchos acostumbran a hacerlo. Y entonces ¿qué se debe esperar, si en la espera es donde residen las respuestas?

"A ratos lo pienso y esto ha sido como muy loco, Bernardo. Nos conocemos hace menos de un mes y ya llevamos más de dos semanas durmiendo todas las noches juntos. Hemos abusado de las confianzas ¿no crees?". Y efectivamente así lo creía. La primera noche que nos juntamos terminamos tomándonos un café en su cocina americana, y hoy, muchos días después nos encontramos sentados hablando de lo nuestro en el Piccola Italia de Isidora Goyenechea, como si hubiesen pasados siglos desde que nos vimos por primera vez, aunque para entónces apenas llevábamos 20 días.
"De hecho, te agradezco los gestos que has tenido para conmigo. Realmente era arriesgado llevarme a tu casa si ni siquiera me conocías bien como para haberlo hecho. Podría haber sido un delincuente, o peor; pero se valora que confiaras en mí como para dejarme entrar así en tu mundo".
"Igual uno se da cuenta de qué tipo de persona tenemos en frente, Bernardo. Y tú me generaste mucha tranquilidad desde que te vi sentado esperándome. De verdad".

Eso me hablaba de estar frente a un hombre correcto. Eso me hablaba de que en realidad este muchacho ante mis ojos no dejaba mucho que esconder. Lo miraba ahora y me parecía que me encontraba encaminándome hacia algo que tiene unas ganas groseras de convertirse en realidad. Esa imaginación mía que esperaba tantas cosas en el fondo de mis deshaciertos, y que ahora pareciese no querer volver a errar. Pero entonces ¿por qué todavía me sigue complicando que sea unos cuántos años menor que yo?
"Son sólo 7 años, Bernardo. Yo no creo que se note mucho, tampoco".
"Cristobal, tú tienes 26 pero te ves menor. Yo en cambio tengo 33 y siempre he aparentado más ¿y tú vas a tratar de convencerme de que no se nota?".
"¿Y te complica eso? Porque a mí no me complica en lo más mínimo. ¿De verdad te complica a ti?". Y la verdad es que sí, me complicaba. Y la verdad es que hasta el día de hoy aún me sigue complicando.

Mirando hacia atrás, recapitulo en mi vida y me doy cuenta de que todas las personas con las que intenté o tuve algo, eran mayores que yo. Todos con quienes realmente me proyecté a consolidar algo sinceramente duradero, tenían a lo menos uno o dos años más que yo. Y ahora, mirando a Cristóbal, mientras degusta su lomo con papas fritas en las butacas de la Piccola justo frente a mí ¿por qué es que me gusta estar con él, pero me carcome la idea de que esta diferencia de edad en algún momento nos va a pesar? ¿Por qué es que tengo claro que aún con las ideas bien acreditadas, hay ciertas cosas en esta vida que decantan porque la naturaleza lo quiere así? ¿Por qué es que siento que ya le estoy poniendo frenos con esos viejos fantasmas que de cuando en cuando me vienen a buscar?

"¿Tienes miedo a que esto no funcione, Bernardo?".
"Aparte del tema de la diferencia de edad creo, sinceramente, que no hay ninguna razón para que no funcione. Al menos de parte mía, no tengo intenciones de desaparecer de acá, Cristóbal".
"Pero tampoco hay ninguna razón para que funcione ¿no crees? Esta cosa puede morir en cualquier momento. Nada nos asegura que vamos a salir bien parados de esta".
"Sin embargo, en los días que han pasado hay cosas que me dan la razón para seguir apostando a que puede funcionar, en vez de que no. O al menos yo no tengo nada que me haga sentir que esto en algún momento pudiese fracasar. Pero te hablo de hoy mismo. Por mañana no puedo asegurar. El mismo tema este de ser mayor que tú, puede que en algún momento me colapse, aunque resulte tonto. O a ti te moleste algo de mí. Quién sabe. Aquí es cuando uno de nosotros tiene que decir "el tiempo dirá", y el otro tiene que decir que eso es la pura verdad".
"Mmmm. Es cierto. Nos estamos conociendo ¿verdad?". Y nos seguimos conociendo. Al menos por un tiempo más. Al menos hasta que esto encuentre un final por sí sólo, o termine por afirmarse de verdad. O al menos hasta que nos acostumbremos.

Lo encontré una noche en el chat. Y ya sé que siempre he dicho que no es aquí donde tengo la certeza de que voy a encontrar algo con un poco más de seguridad que un polvo y nada más. Pero ahora la historia se presentaba diferente. Ahora la historia se escribía de una manera distinta, porque ni yo entré buscando nada, ni él esperaba dar con alguien que le interesase de verdad, hasta que vió mi encabezado y se atrevió por fin a hablarme. Yo era Blog:www.ungayperfecto.blogspot.com y él era Pato27:profesional piola, no sexo solo conversar.
Recién había terminado de escribir dos historias y las promocionaba en la sala del chat, pero él me estaba leyendo desde hacía meses ya.

"No puedo creer que esté hablando contigo, Bernardo. ¿Eres Bernardo, cierto? Vengo leyendo tus historias desde hace más de un año atrás y siempre había querido hablarte, pero no sabía cómo dar contigo, y no puedo creer que ahora te encuentre acá. Por favor, no te asustes, que no soy un psicópata ni nada, pero estoy emocionado de verdad. No te arranques ¿ok?".

Me tomó por sorpresa con esas frases suyas disparadas a quemarropa. A veces he querido creer que aquellas historias que publico acá han calado en el corazón de algunos pocos que las alcanzaron a leer, aunque más a menudo siento que no. Y ahora, del medio de la nada, emerge este personaje desde el oleaje del chat para decirme "Te he estado buscando", y yo me sumerjo en la idea de que no puedo dejarle escapar.
"He leído mucho de lo que escribes y me encanta la forma como dices las cosas. De verdad que me has hecho reír y me has hecho llorar también un montón de veces. Te he dejado un par de comentarios igual en tu blog, pero nunca me respondiste. Pensaba que ya no iba a dar contigo".

Lo miro ahora, un mes después y me parece irreal esta situación. De alguna manera ambos queremos creer que él estaba esperando por mí, y yo acá al otro lado escribiendo para él, pero eso no es más que un sueño. Un sueño con tintes de realidades asombrosas, pero solamente un sueño al final. Después de todo, ambos convivimos con una parte de la vida que nadie quiere tener que afrontar y que alguno por ahí tuvo el valor de llamarle "soledad".

"¿Y soy muy distinto al que pensaste que era? Porque seguro te hiciste una imágen de Bernardo que idealizaste en tus ideas, y que no necesariamente encontraste al final en mí. ¿Por qué quieres estar conmigo? ¿Soy lo que esperabas? ¿O todavía esperas que realmente lo sea?".
"Yo no esperaba nada, Bernardo. Me enamoró tu forma de ver las cosas, y tu forma de escribirlo. De verdad que hace meses que te pensaba, y me metía a tu blog para ver si habías escrito algo más pero a veces no publicabas nada, y como que te echaba de menos. Pero yo decía "quiero conocerlo, quiero conocer a ese tipo que escribe las cosas así" y pensaba que podría contarte de todo y tú decirme qué piensas. Pero ahora, si estoy contigo, es porque resultaste más de lo que pensaba. Y te lo digo de verdad. Ahora, si estoy contigo, es porque me gustas más de cuando te leía".

Caminamos por Isidora Goyenechea antes de regresar a su auto, mientras la noche se asomaba cálida bajo nuestros pies, y en el trayecto todo parecía extrangero, incluso aquellos tres muchachos que se cruzan frente a nosotros mientras hablan en inglés. "Me encanta este barrio, Bernardo. No parece como si fuera Chile. Es como una parte de otro país acá. Es como todo tan bonito. ¿Has estado alguna ve en el Hotel W?". Miro justo al frente y hay un grupo de niñitas cantando amontonadas el empalagoso tema ese de Justin Bieber que dice "Uhh baby, baby, baby", una y otra vez, y de reversa las cámaras de Chilevisión esperan todavía atentas a que el mocoso aparezca por ahí. Y a mí no me parece todo tan bonito, en realidad. Porque nunca me ha parecido que haya belleza alguna en lo que resulta inaccesible para la mayoría de los que vivimos en esta ciudad.

"¿Te quedas conmigo esta noche?". Me dan ganas de decirle que no, pero en el fondo tengo claro que terminaré por decirle que sí. Cierta nostalgia se ha apoderado de mis huesos, y en algunas noches como esta a mí me resulta difícil tener que dormir nuevamente sólo como tantas noches antes de ahí.
"Bernardo, si te dejo dormir en mi cama, créeme que es porque confío en ti. Porque siempre he pensado que cuando estamos durmiendo es cuando más vulnerables estamos. Perfectamente tú podrías tomar un cuchillo o algo y atacarme sin que yo alcance a defenderme ni nada. Y por eso, desde el primer día en que te invité a que te quedaras conmigo, es porque sabía que podía confiar en ti".

Me quedé pensando en todas las noches antes de esa en que me dormí siempre después de Cristóbal. Acariciándole el pelo, como él me ha enseñado que le gusta que yo lo haga, hasta que finalmente se rinde al sopor del cansancio de semanas de largas jornadas.
Me quedé pensando en lo que me gusta mirarlo alumbrado por el reflejo de la tv aún encendida, y en lo certero de esas palabras que seguramente todavía levitan en la vereda de en frente al Hotel W.

Mientras duermes es cuando te entregas al descanso de todos los cansancios que acumula uno en la vida que nos ha tocado tener que vivir.
Mientras duermes es cuando nuestros sueños se alimentan de las esperanzas que a menudo no se materializan en este mundo por la falta de valor.
Mientras duermes es cuando finalmente nadie se defiende con las corazas que a pleno día todos vestimos disfrazadas de lucidez.

Hace un mes, hoy, y esta noche nuevamente subiré a mi auto con la certeza de que manejo hacia un lugar donde alguien espera verme aparecer, con la confianza de que muero por verle, con las mismas ganas que he entendido que muere por verme él.
Hace un mes, hoy, y nuevamente Cristóbal se quedará dormido antes que yo, mientras lo abrazo en el silencio de las luciérnagas que se escapan desde la pantalla del televisor. Pero ¿qué pasaría si un día él se duerme nuevamente y yo no logro encaminarme al sueño con un sentimiento que comience a alejarle de mi corazón? ¿Qué pasaría si una noche él ya no sintiera esa misma confianza para conmigo y se desvela esperando a que el Bernardo del blog se convierta en lo que él espera que Bernardo sea, por encima de quien realmente soy? ¿Qué pasaría si ya, el uno junto al otro, no pudiésemos dormir?

Tomo el celular, pincho en el Whatsapp, (ese mismo Whatsapp que él me pidió que instalara para poder estar un poco más en contacto y darle algo de utilidad al smartphone que tontamente me compré solamente para llamar) y escribo "Te he pensado mucho hoy", mientras de verdad estoy pensando que le estoy pensando; y con un revéz impresionante Cristóbal me responde "Yo también, y aunque todavía no me creas, te pienso desde hace muchos meses ya", para dejarme nuevamente sin palabras.

Siento que mi corazón se alegra, pero a su vez también siento que todo esto es tan prematuro que nada me asegura poder llegar a ser el Bernardo que él realmente espera que yo llegue a ser, porque por más que me insista en que jamás tuvo expectativas sobre mí detrás de las historias que yo escribo aquí, siento que aquellos detalles de los que todos estamos hechos pueden el día de mañana destronar al escritor que le tocó un ricón del corazón, para dar espacio a que sea la desilusión la que comience a gobernar. Y así, lentamente, mientras otros duemen, nosotros nos vamos despertando hacia esa misma realidad que en los sueños se diluye en la confianza de lo que anhelamos.

Pero al menos hoy día la tarde se siente apurada, y yo cierro el computador con sentimientos encontrados, que de momento no quisiera tener que volver a abandonar.

martes, 20 de septiembre de 2011

81 UN DÍA DE MARCHAS

Llego hasta la terraza y Roberto ni se percató de mi presencia. Lo veo, desde que abrí la puerta del departamento, con una sartén en la izquierda y un cucharón en la derecha, embebido en la algarabía urbana de una tarde de marchas y canticos guerrilleros, que al ocaso del día sigue retumbando en nuestros oídos en las manos de quienes quieren también decir que están en desacuerdo de una política de educación que hasta ahora no generaba tanta urgencia como de un momento a otro pareciese tener. Y yo no hago más que preguntarme ¿por qué a más de la mitad del año? ¿Por qué justo en el gobierno de derecha? ¿Por qué con cacerolas?

"Weón, mira la cantidad de vecinos que están en sus terrazas golpeando las ollas ¿Te das cuenta? Este es el Chile que a mí me gusta, Bernardo. Hecho de gente que sabe lo que necesita y va a la pelea para conseguirlo. Y qué gusto que sean los jóvenes los que nos están dando una lección ahora de cómo manifestarnos pacíficamente. Qué gusto que sea por una causa justa". "¿En serio? ¿Y qué tan pacífica fue la marcha como para que el metro Plaza de Armas haya estado pasado a lacrimógena?". "¿Está muy la cagada afuera, amigo? ¿Había mucha gente en la calle?".

No es muy común que yo llegue temprano a casa, en realidad. Así como tampoco es muy común que viaje a mi trabajo en metro. Pero como estas marchas eran bulladas desde hacía rato, la opción más segura para hoy era precisamente convertirme en un ciudadano más con Bip! en mano y evitarme los tacos de Plaza Italia, de Santo Domingo y el de Bellas Artes; y lo más importante aún, ahorrarme el mal rato de un botellazo en el vidrio, o alguna raya en el capot. Porque al fin y al cabo mi auto no será el mejor del mundo ni el más lujoso, pero a mí más me sirve sano que con abollón.

Parado en la vereda del edificio a las 7.00 am no sé si dirigirme a Plaza de Armas o caminar un poco más hasta Santa Lucía. Pienso que el de la plaza me queda más cerca, pero eso significa que en Baquedano igual tendría que hacer combinación y me da como algo de flojera el sólo hecho de pensarlo. No sé cuánto más es lo que me ahorraría haciendo el transbordo, aunque ciertamente a esta hora podría ser un poco más seguro. Pero como me levanté un tanto más temprano de lo normal, prefiero correr un poco el riesgo y respirar algo de la mañana en el centro de la ciudad.

"¿Y tú pasas todos los días por acá? ¿Por qué nunca nos habíamos encontrado?". Ignacio es uno de esos muchachos que de tanto ser lindos, llegan a caer pesados. Es empalagoso en sus atenciones, y a menudo embustero en su forma de ver las cosas. No puede ser posible que no haya nada en este mundo que le desagrade y su política sea siempre la de hallar el lado bueno de las personas, aún cuando evidentemente estemos hablando de un patán. Sin embargo, es guapo con la boca bien cerrada, y con una taza de café expresso amargo en las venas, el exceso de edulcorante a ratos se puede tolerar. Y por eso ¿qué tendría de irregular acompañarnos un par de cuadras a las 7.15 de la mañana?
"Mira la forma en la que nos volvimos a encontrar, Bernardo. ¿Y tú dices que vives en el edificio de en frente a los Carabineros? ¿Pero cuándo que te cambiaste de Las Condes? ¿Y te gusta más el centro que allá arriba?".
¿Pero por qué será que cuando se refieren a Las Condes con un "allá arriba", me suena a más que una cuestión geográfica?

Dormimos dos o tres veces juntos, y aunque reconozco que la experiencia fue buena, después de una cuantas pláticas tanta amabilidad terminó para mí siendo, de cierta manera, sospechosa.
Lo cierto es que con personas como él te preguntas si acaso habrá alguna vez en la vida en la que no te encontrará la razón en todo, o bien es del tipo de sujetos que acumula las tensiones hasta que la olla, por muy a presión que sea, no aguanta la potencia y termina reventando cuando menos te lo esperas y hasta quizás con consecuencias nefastas. Y entonces, una vez satisfecho ¿para qué seguir probando del plato arriesgando a que nos termine cayendo mal?
"¿Y sigues soltero, Bernardo?". "En realidad he tenido no muy buena suerte, Ignacio". "O quizás eres muy exigente". "No opinarías lo mismo si conocieras a los pasteles de los que me he enganchado". "Podríamos entonces juntarnos uno de estos días, a ver si te haces de tiempo y hacernos un poco de compañía igual. Al menos yo lo pasé super bien cuando estuvimos los dos ¿te recuerdas?".
Me mira con sus ojos pardos, yo pienso que sería agradable, pero más me queda en el paladar esa sensación de que esta vez sí me parece sincera su afirmación. Es un tipo lindo, al final de cuentas, y reconozco que me dan ganas de dormir con él.

Caminamos hasta el Santa Lucía juntos, y antes de bajar cada uno a su andén anoto nuevamente su teléfono que, extrañamente, se me borró. Entonces a vista y presencia de todos nos despedimos con un beso cuneteado. Un beso que en cierta medida Ignacio en su coquetería me robó. Pero un beso que también me impregnó de un perfume de autoestima que no se desharía de mí en todo el trayecto de ese metrotren, tan poco habitual para mí.
"Estás muy guapo", leo en mi teléfono, y al otro lado de la estación Ignacio me mira sonriendo, mientras los frenos de las ruedas chillan desde este lado del tren, y él se prepara con su garbo de hombre mariposa para abordar su vagón.

"Yo recién llegué de la marcha, amigo, y andábamos casi todos los profesores. Estuvo bonita igual Bernardo. Sabes que los cabros súper en buena onda, se paraban ellos mismos a los que andaban puro webiando. Si se cachaba que eran unos pocos nada más los que querían hacer desordenes. Los demás andaban marchando y bien respetuosamente".
Roberto se apasiona con el tema. Como buen profesor tiene una visión muy crítica referente a los aspectos de la educación y ciertas ideas lo sensibilizan. Me siento a su lado en la terraza para prenderme un cigarro, mientras él sigue metiendo bulla con la sartén en la mano y vibrando como un colegial. Miro al edificio de en frente y a lo menos hay 5 ventanas más en las que están también cociéndose habas. Debajo y por sobre nosotros no alcanzo a mirar, pero el eco se siente de vecinos que machacan las latas lo mismo que aquí. Santiago está marchando, desde el interior de sus propias cocinas.
"Y no sabes nada, Bernardo. Hace rato que estoy pinchando con los del departamento de allá arriba. Cuando salí acá a la terraza, ellos salieron también a cachar y uno me miró como diciendo "mira tú qué bueno" y fue a buscar su olla también. Estoy que lo invito a venir, amigo. Te juro que si sigue un rato más, le digo que se venga a tomar un trago conmigo".

Llegando al trabajo encuentro una nota en mi escritorio que me llama la atención. "¿Puedes esta tarde llevarme a casa y aprovechamos de conversar?". Voy a la oficina de Juan Pablo y lo encuentro de espaldas a la puerta, sentado frente al ventanal. "No vine motorizado hoy, así que va a tener que ser para otro día. Pero ¿cuál sería el tema?". "Chuta! ¿Y qué te pasó? ¿Te quedaste en pana?". "Marcha en el centro esta tarde, tú sabes. Seguro va a quedar la cagada". "Verdad, tienes toda la razón, se me había olvidado. Por eso yo me voy a comprar una moto, mejor. Después paso por cualquier lado". "Y entonces ¿me puedes adelantar algo de la conversa o es cien por ciento top secret?". "Quiero hacerte una propuesta, Bernardo, porque tengo una idea y necesito tu opinión. Pero no quiero conversarlo acá ni en el Starbucks. Prefiero que sea en mi casa, los dos sólos y sin nadie que nos pueda molestar". "¿Tan importante es la cosa, Juan Pablo?". "Mira, quizás no lo sea para nadie más, pero para ti y para mí sí lo es".
En ese intertanto ya había dejado su silla, puesto de pie, dado vuelta al escritorio y parado frente a mí, para mirarme desde su metro ochenta y dos con sus ojos color miel. "Este desgraciado sabe que soy gay, sabe que me gusta y se está aprovechando del pánico", pienso yo. Pero no por eso deja de parecerme inverosímil esta escena. Me parece hasta romántica, pero completamente absurda, considerando que en esta sala habemos solamente dos personas, y una es hétero y el otro es gay. O al menos hasta este minuto.

"Weón, te vas a terminar enamorando de Juan Pablo tú, te lo digo al tiro. Ese hombre es demasiado lindo contigo, amigo. Pero si quieres mi opinión, este tipo de gestos no los tiene un hétero con un gay". "A menos que le resulte muy conveniente, por supuesto. Además hasta ahora yo no le he confesado que sea gay". "Pero bonita, no te hagas la weona, si sabes que igual se te nota un poquito, amiga".

Me quedo pensando con el cigarro consumiéndose en la mano. La tarde sigue oscureciendo mientras abajo continúan los cacerolazos. La primera comisaría de Carabineros está justo frente a nosotros, y aún así cuando llegué estaba llena la vereda de gente manifestándose con la batería de cocina completa en las manos. Y mientras el mundo se manifiesta contra las injusticias, yo me quedo adentro librando mis propias guerras. "Dicen por ahí que la riqueza de algunos, es la pobreza para otros más. Y entonces ¿no será que cuando los estudiantes consigan eso que dicen que es justo para ellos, va a significar que lo injusto caerá sobre otras personas?". "La educación tiene que cambiar de una buena vez, Bernardo, porque todavía estamos educando bajo el legado de Pinochet. Esto es como el último vestigio del régimen militar. Una vez que esto cambie, amigo, vamos a superar completamente lo que nos ha tenido estancados por años como sociedad. Y por eso es bueno que ocurra ahora". "Pero ahora, cuándo, Roberto. ¿Justo ahora que cambiamos de administración? ¿No encuentras un poco oportunista eso?".

Lo pienso, y aunque me hace razón, siento que existen motivaciones detrás de esto que le restan algo de seriedad a toda esta situación. ¿Por qué, por ejemplo, no se manifestaron si tuvieron más de 20 años de gobierno en la concertación? ¿Por qué la generación mía, y la de varios otros, no reclamamos nada cuando tuvimos que hacernos cargo de nuestras propias vidas y trabajar para pagarnos un cartón? ¿Por qué antes no nos parecía tan injusto, después de todo?

Roberto se apasiona un tanto, y yo prefiero cambiar de frecuencia para no continuar con la discusión. "¿Y a Gonzalo le habrá tocado salir a la calle con esto de las marchas, o siempre le toca en la oficina nada más? ¿Te contó algo a ti o no?". "Si en la marcha andaba mirando para todos lados a ver si veía al Gonzalo de Carabinero, pero nada. Quizás no sale a la calle nunca, creo yo".
Lo llamo y me contesta: "No puedo hablarte mucho ahora porque estoy todavía en la unidad. Con esta cuestión de las protestas tenemos para rato acá todavía. Si salgo temprano te llamo y vemos si vamos por un café por ahí. Y ahora te corto, amigo, que está la escoba acá igual".

Tengo ganas de no quedarme en casa esta tarde, pero con Roberto miramos hacia la calle y sabemos que el camino está pavimentado con cacerolas en la vereda. ¿Un café? No nos dan ganas. Ni siquiera para un te aquí mismo en nuestro hogar. Y entonces yo me quedo algo amurrado mientras Roberto al fin se aburre de los ruidos y se retira a la cocina a guardar el cucharón sonador.
Algo me pasa, que estoy sintiendo un dejo de nostalgia pura. La tarde está un tanto fría, pero no lo suficiente como para retirarme del ventanal.
Miro nuevamente a nuestros vecinos, y me doy cuenta de que muchos viven emparejados detrás de sus gruesas cortinas de gente bien. Porque en edificios como este a nadie ya le sorprende que se acuesten juntos y hagan vida de pareja dos hombres que en apariencia se ven tan integrales como el que vive con su mujer. Y entonces ¿por qué no añorar algo de eso también?

"Oye, en vez de estar ahí con cara larga tú, llama a Juan Pablo y anda para su casa, mejor que yo yo me voy a acostar en seguida. ¿Te había invitado o no? Yo que tú, agarro el auto y parto para allá rajao antes de que se te arrepienta. ¿Cómo sabes si no te resulta esta noche? Mira amigo que aquí el que no cae, resbala".
"Me encontré con alguien de camino al metro en la mañana ¿sabes?. Un algo que tuve por ahí hace tiempo atrás y que fue agradable mientras duró. Y de hecho estaba pensando justamente decirle a él que se venga para acá, si no tiene más que hacer. Quizás pase algo. Estaría bueno". "¿Para que se quede contigo, amigo? ¿A dormir contigo? ¿Para que te pesque vivo? A ver, cuenta ¿y quién es él? ¿Es lindo? Llámalo, weón y dile de una que se venga a quedar acá. ¿Es lindo, amigo?". "Es lindo, sí. Se llama Ignacio y resulta que vive acá a la vuelta". "Entónces, amigo, llámalo. Mira que luego es tarde, no se te vaya a dormir y después te diga que no. O ándate tú para allá y yo me traigo al vecino".

Miro el celular y hay un mensaje: "Estaré despierto hasta tarde, todavía puedes venir si quieres. Me avisas", pero en realidad ya no me dan ganas de creer en ilusiones de asuntos que seguramente son romanticismo pasoso como el ajo en flor y nada más. Decido no contestar nada que pueda caer en el buzón de mensajes de J.P. porque creo que lo mejor en esto es no arriesgarme en absoluto a lo que pueda finalmente ser en mi vida la secuela de un seguro error.

"Hola, Nacho ¿Cómo estás? ¿Ya estás en tu depa?". "Justamente recién estoy llegando ¿y tú cómo estás?". "Acá, medio sordo con los cacerolazos. Pero no me queda otra si comparto depa con un profesor". "Bueno, anda acostumbrándote porque parece que van a ser todos los días así, a las nueve, dicen. Están llamando a todos para que se plieguen". "No me digas ¿en serio? ¿O solamente me estás tratando de torturar?". "En serio. Pero ¿por qué no vienes para acá mejor, y conversamos? Así aprovechas de conocer dónde vivo". "De hecho estaba pensando en invitarte yo a que vinieras tú para acá y por lo mismo te llamaba". "Pero mejor ven tú a mi depa para que te quedes conmigo. Allá vives con tu amigo y es como medio incómodo ¿o no?. Camina para acá y yo te espero en el Mercadito para que compremos algo que comer y un bebestible. Pero ojo, que la invitación es para que te quedes ¿ok? ¿Te parece? Si te quieres quedar, nos juntamos abajo en 15 minutos más ¿Te parece? Yo al menos voy a bajar a comprar igual".

Mañana no hay marchas, pienso yo, y en auto llego en 10 minutos a todas partes. Puedo regresar a mi departamento, cambiarme temprano, darme una buena ducha y llegar a tiempo también.
Me gusta la idea de dormir con Ignacio, porque hace mucho tiempo estaba ya echando de menos el sentir mi cuerpo en contacto con alguna otra piel. Me gusta la idea de domir con Ignacio, porque lisa y llanamente es un hombre guapo, que en la cama te hace sentir bien.

"O si te acomoda, yo voy a tu casa. Me avisas", leo el mensaje en el celular cuando cierro la puerta, pero desde el ascensor respondo "Mañana en la oficina nos organizamos, mejor. Un abrazo. Duerme bien".

Bajo y en el Mercadito Ignacio ya está con dos cheescake en una mano, y en la otra una mirada parda con la que me recuerda lo que me gustaba de aquellas pocas veces en las que dormí con él.
Quizás estas marchas consigan arreglos en la vida de algunos, que nadie podría esperar. Quién sabe.
Quizás mañana yo amanezca con ganas de marchar por la ciudad también.
Lo cierto es que esta noche dormiré en una cama ajena, que quizás en los siguientes días pueda visitar más de una vez.
Mientras tanto para mí está bien. Mientras tanto para mí es suficiente después de un día en el que todos tuvimos que marchar por la ciudad.

lunes, 19 de septiembre de 2011

80 ¿QUÉ PASÓ CON JULIÁN?

Entro a ver si se mueve algo acá en el blog, y me encuentro con la misma pregunta por tercera vez en el día. Y sonrío, por tercera vez también, porque en realidad no me queda mucho más que hacer cuando pienso en eso. "Al menos te lo advertimos, Bernardo. Yo creo que eso te debe haber servido igual para no engancharte ¿cierto?. Julián es así. Un pájaro libre. Nada que hacer. Tiene sus razones y uno tiene que entenderlo sin preguntarse mucho, en realidad".

Y era cierto. Roberto, y Ricardo y Román, y todos los demás, cada uno a su manera, me había dejado entender que en los terrenos de Julián es muy poco probable que alguien eche raíces. Es muy poco probable que frutos crezcan en sus fronteras; porque así lo dice su historia, porque hay gente que lo conoce desde hace mucho tiempo, y porque ese mismo tiempo les ha dado la razón.

"¿Sabes lo que encuentro tonto, Roberto? Que nuestro tema no se terminó en mala, ni nada. Al contrario. Yo sentía que teníamos las cosas claras entre los dos, como para seguirnos juntando como buenos amigos y listo. Si al final, ni yo le causaba nada más que confianza a él, ni él ya me movía el piso. La cosa se enfrió y punto ¿Y qué hay de malo en eso?". Yo al menos trataba de entender cuáles pueden ser los elementos que hoy en día fundamentan la decisión de Julián para no aparecer más entre nosotros. Al fin y al cabo, él es amigo de Roberto y Román, y la Araña y todos los demás, como para pensar que se va a poder borrar del mapa sin que nos veamos más porque este asunto no funcionó. Y además....¿para qué?. Y además...¿por qué?

Decidimos con Roberto hacer la inauguración del departamento, al fin. Y como mi compañero de departamento se emparafina con facilidad, prendió en seguida con los preparativos."¡Cuarenta invitados! Roberto ¿y dónde piensas meterlos en un departamento de 2 dormitorios? No cabe tanta gente acá, estamos sonados. Olvídalo". "Amigo, si ya tengo todo listo. Arrendé el salón de eventos del edificio. Así que partimos con un brindis acá en el depa, y después bajamos al primer piso. Yo voy a tener todo preparado para cuando lleguen las locas, amigo. Va a salir todo reeeeeegio, Bernardo. Tú preocúpate de la pura música nada más". "¿Y si pasamos videos, entonces, en vez de poner solamente música? Nos conseguimos un proyector y yo me encargo de buscar videos top en internet. ¿Cómo estaría?".

Armamos la cosa y en menos de lo que terminamos de decir "upa", la chalupa de colibríes ya estaba llegando con trago en mano a la primera fiesta en grande en nuestra casa. Nuestra inauguración. El precedente de lo que serán en adelante nuestros encuentros mariposones en el piso 11 del edificio Fusión. Nuestro rincón de brujas, la esquina de los buenos momentos, la casa de la libertad. Al menos de esa libertad que yo venía buscando, hace rato.

"¿Estas en tu casa ya?". "Chuta Julián, todavía no, pero Roberto debe estar allá. Dijo que se venía temprano de la pega para organizar lo de la noche. Yo todavía no me puedo desocupar de acá". "Ah. Es que conseguí el proyector y quería irme para tu casa ya, y ayudar en algo si se necesita". "Roberto está allá. Anda no más. Yo llego más tarde, pero te pasaste con lo del proyector, porque sin eso Julián, no hay fiesta".
Tengo en la memoria que esa fue la última vez que hablamos por teléfono. Y fue justamente así. Corto y preciso. Primero, porque yo estaba todavía estancado en la oficina tratando de terminar de mala manera unos informes de último minuto que siempre me caen en los momentos menos apropiados. Y segundo, porque en esa tónica se estaban dando nuestras conversaciones ya, desde hacía un buen tiempo. Sin segundas lecturas. Con la simpleza y la limpieza de dos amigos que se dicen lo que se tienen que decir, sin recovecos y en lo meramente preciso. Y entonces ¿por qué tendría que haberme preocupado ahora un poco más que ayer de lo que tenía que responderle a él? ¿Por qué iba a suponer que esta noche traía sorpresas bajo la manga?

"Amigo. Yo te quiero mucho a ti, aunque nos conozcamos desde hace poco tiempo. Me he dado cuenta de que eres un weón super emocional, y no quiero que sufras ¿vale? Y no te voy a decir quién ¿ya? pero hay gente que te puede hacer sufrir ¿Me estás escuchando?".Ricardo, la araña, está más que en escabeche, cuando me acerco para acompañarlo un rato en el rincón del patio en el que ahora intenta replegar su borrachera. No está en coma, pero tiene suficiente combustible como para regresarse caminado a su casa en Maipú, y yo me sonrío en mi completa sobriedad. "Araña, amigo, créeme. Tengo todo controlado. Sé de lo que estás hablando, pero esta cosa va piano piano, y tengo claro lo que tengo que hacer. Acá nadie va a terminar llorando por nadie ¿vale?". "Vale. ¿Y te puedo pedir una cosa más, amigo?...No me digas más Ricardo, me carga. Tú dime Nino, como me dicen mis amigos ¿vale?". "Vale, Nino. Y ahora termínate el vino, para que bailemos un rato, Nino, ¿ok?".

Julián en el Salón mientras tanto baila un rato con la Chola, y con Roberto, y con Román y con todos los amigos que se cruzan en su camino. También está medio fiambre, porque el ponche quedó demasiado cabezón y aunque se lo dije a Roberto, no me agarró ni en bajada. Y entonces ¿me debía sorprender que la mitad de los asistentes se tambalearan como palmeras en el huracán si los tragos están como para talar bosques enteros?. ¿Me tenía que sorprender que Julián bailara como hipnotizado acercándose peligrosamente a los brazos de todos los que se movían junto a él?. Se sabe un hombre atractivo, aunque él mismo reconoce que en otros tiempo lo fue más, pero aún sigue jugando con ello. Lo aprovecha, lo disfruta, pero a su vez de momento creo que no sabe para qué. Algunos de ellos quisieran estar con él, de eso estoy seguro, pero ninguno probablemente logre alguna vez estarlo. Yo lo miro de cuando en cuando y si me genera un poco de pudor, pienso sinceramente que es mejor que no intentemos nada. Yo no quiero a alguien así de quien tener que preocuparme, si apenas me puedo hacer cargo de mí mismo. Y luego ¿se me pasará esta forma en que me gusta, a pesar de todo eso que hace justo frente a mí, y quizás precisamente, para mí? ¿Se me olvidará lo que en algún momento pensé para los dos?. Se me va a olvidar, ciertamente. Porque ya he pasado por esto y no es novedad. Y se me va a olvidar también porque conozco a los de su especie, y son gente que prevalece en la libertad.

"Yo soy malo ¿viste?. No te conviene estar conmigo, Bernardo, porque soy malo ¿ves?. Yo te voy a hacer sufrir". Me lo dice con una convicción embustera, y algo naufragada por la borgoña, pero me lo dice de corazón. "Tú no eres malo, Julián. Tú eres tú no más, eso es lo que pasa. Y sólo tú sabrás por qué haces las cosas que haces. ¿Qué te puedo decir yo?". "Pero te haría sufrir si estás conmigo. Piénsalo, porque soy malo". "Julián, no me vas a hacer sufrir, en serio. Porque sé muy bien que solamente somos amigos y nada más. Lo nuestro se trata de eso. ¿Por qué tendría yo que sufrir por ti?".

Lo miro cuando Nino lo toma de la mano, lo lleva hacia el centro de la sala y se ponen a bailar. Tengo en mi interior una mezcla entre pena y resignación. Lo sigo encontrando guapo, pero aunque lo tengo así de cerca, sé también lo lejos que sigue estando él de mí. Y es que recuerdo que cuando lo conocí pensé que a mí me gustaría estar con un hombre así, porque ya se sabe que en la superficie muchas cosas lucen mejor de lo que son en realidad un poco más hacia el interior. Y aunque reconozco que Julián no es uno de esos chicos malos que andan por ahí; tampoco es de los buenos para mí en este preciso momento, porque lisa y llanamente, él no está preparado para estar junto a nadie que lo quiera albergado en la honestidad con la que pretendía quererlo yo. Su mundo levita en otro plano, distinto al mío. Y aunque los opuestos se atraen, dicen por ahí, supongo yo que al menos deben ambos pertecener a una misma realidad; y a mí me queda claro que la realidad de Julián y la mía son completamente distintas. ¿Qué más puedo hacer al respecto, aparte de resignarme a que ni siquiera el intento vale la pena? Hay apuestas que se pierden mucho antes ya de hacerlas, y ésta era una de ellas.

"Pero ¿qué onda, amigo? Cuéntame la firme ¿Se pelearon? ¿Discutieron?". Roberto trata de entender en realidad por qué es que Julián desapareció del escenario y no aparece ni por equivocación. Pero igual que yo, no encuentra motivo aparente."¿Sabes, Roberto, qué me dijo una amiga esa noche en la fiesta?...Me dijo que pensaba que Julián era distinto de lo que se veía ahí. Que no era tan rayado". "Es que esa noche se lucieron todos, poh, weón. Si estábamos todos fiambre ¿qué otra impresión podía dar? Si hasta nosotros que éramos los dueños de casa andábamos puro dando jugo al final".

"Escribí algo en el blog que me nació del corazón, Roberto, y dice algo así como que ese era el primer día en que no pensé en Julián en ningún momento. Que las ganas que tenía antes de estar con él se han ido transformando lentamente en una flojera en la que ya me da lo mismo si me llama o no, porque ya para mí esto no va a ninguna parte". "¿Lo leyó él? Porque si lo leyó, lo destruíste, amigo. Te lo doy firmado". "No sé si lo leyó, pero aunque no lo lea, lo importante es que eso realmente lo que estoy sintiendo. Sin fraudes ni dramatismos. Esto es algo que simplemente ya pasó".

Pero lo leyó, claro está, porque estaba en facebook cuando le comenté que había publicado algo nuevo y después de eso...nada. Después de eso, ni el teléfono ni la mensajería. Pero aún sigo pensando ¿por qué es que la verdad le duele a menudo tanto a las personas cuando se encuentran de frente con ella? ¿Por qué es que nos cuesta tanto asumir las consecuencias de las decisiones que tomamos? ¿Por qué es que esperamos que todo resulte más fácil de lo que realmente sabemos que es?

"Lo loco de todo esto es que no terminamos ni enojados, ni en mala, ni enamorados, ni nada. Yo estoy aquí mismo donde estuve siempre. Si él quiere venir a vernos ¿qué le voy a decir? ¿Le voy a reclamar algo, o le podría decir siquiera que eso no se hace? Weón, esto es absurdo, porque en algún momento nos vamos a tener que encontrar, acá mismo, o en la casa de David, o en la del Nino, o donde sea, y eso es lo más tonto. Es peor así, amigo, porque después le va a costar más volver. Si de verdad te digo que yo no estoy en mala onda con él. Es nada más que todavía no puedo entender cuál es la lógica con la cual él mira la vida, pero es su volada y no la mía y sería. ¿Qué se puede hacer sobre eso?. Es un tipo raro Julián, pero no es mala persona. Y en el fondo de verdad me da lata que se haya desaparecido". "¿Lata o pena?". "Es como un poco lo mismo ¿o no?". "No poh. La lata al final no te deja pensando. La pena en cambio, te da vueltas en la cabeza". "Pena, entonces. Pero con una tendencia grosera a convertirse en lata". "Ah. Ok". "Mmmm...."."Oye, y ¿quién es Nino?". "¿Nino?". "Dijiste que incluso en la casa de Nino se podían topar de repente con Julián". "Ah, Nino es Ricardo, la araña". "¿Y por qué Nino? ¿De dónde sacó eso?". "Anda a saber tú, amigo, pero la cosa es que Ricardo no le gusta y al parecer los amigos más cercanos le dicen así. Debe ser algo como de la juventud, o de niño que le dicen Nino. Pero Nino al final, es la Araña ¿ok?". "¿Nino? ¿Nino? Qué raro, porque su nombre tampoco da para eso. Ricardo, Ridardino, Ricarnino. ¿No suena a eso o sí?". "No sé, Roberto. No sé de verdad. Después le preguntamos, mejor".

Nos tomamos el último residuo de la botella de ron que sobrevivió de la inauguración, y nos preparamos para conducir hasta Divino. Vamos en el auto de Javier esta vez, y con Gonzalo ya nos están esperando en su casa, desde hace rato. Pero ¿la verdad? yo no tengo mucha prisa esta vez. Esta vez dejaré que las cosas se vayan manejando sólas, como todos deberían dejar que sucedan todos los eventos en esta vida.

"¿Y qué onda Gonzalo? ¿Por qué se fue donde Javier tan temprano y no nos esperó, si vive acá al frente?". "Hay onda ahí, parece, amigo. Eso es lo que pasa". "¡Mentira! ¿Gonzalo y Javier? ¡Mentira!". "Parece. Así que apurate, para que los webiemos. Mira que esos se deben estar pescando vivos, sino que rato que ya nos hubieran llamado". "Hasta que lo vea, no lo voy a poder creer, Roberto. Yo vi a Javier primero ¿y se lo termina comiendo él? ¿Ves que esta vida no es justa, amigo? ¿Ves qué no es justa?".

Miro por el retrovisor, porque nuevamente voy yo al volante en el auto de Javier; y los veo a los dos muy cerquita en asiento de atrás. Me sonrío y Javier alcanza a captar ese guiño mío en la esquina del espejo y también se sonríe. Sabe lo que estoy pensando, pero yo me hago el soberano idiota, porque no me conviene para nada. Sé que se están revolviendo los recuerdos. Sé que se va a acordar de cosas. Y entonces, diapara: "Oye, Bernardo, ¿te puedo hacer una pregunta?". Le levanto una sola ceja que rebota potente en el retrovisor, pero no doy en el blanco como para matarlo justo a tiempo. "¿Qué pasó con Julián?". Ya. Me quieren webiar parece. Se me arranca una carcajada y no alcanzo a responder nada. "Ya,me queda claro", dice Javier, y se cierra con eso toda posibilidad de explicación.

Algunas cosas entre nosotros se responden sólas, después de todo, y otras las contesta una sonrisa. La mayoría, sin embargo, permanencen en la incertidumbre, a la espera de que alguien se convenza de que muchas veces en nuestra propia vida no hemos terminado las cosas como se debe hacer.

domingo, 26 de junio de 2011

79 LOS ACUERDOS TAMBIÉN SE ROMPEN

"¿Y a quién volviste a saludar, amigo? Estaba bien guapo". Pero la verdad es que no fue por eso que regresé. Regresé, más bien, para hacer justicia. Para ver qué reacción tendría si me quedaba de pie junto a él y no pudiese evitarme, como lo había hecho apenas un par de segundos atrás, cuando me vio aparecer en la esquina y su mirada me esquivó, intentando parecer que realmente no se hubiese percatado de mi presencia. Como si no conociera lo suficiente de él como para tener claro que puede ser un mentiroso de los buenos, pero siempre mal actor. Como si no supiera en mi propia vida de esas malas maneras.

"Hola, Ignacio, qué tal. ¿Cómo te ha tratado la vida?". "Ah...hola...Bernardo. No te había visto. ¿Cómo estás?".
¿Soy sólo yo, o los demás también se dan cuenta de que cuando alguien te dice "no te había visto", es precisamente porque sí te vio, se hizo el loco, pero quiere que de verdad le crean que no fue con mala intención?
Aquí la excusa agrava la falta. E inevitablemente me di cuenta de que si bien era lo justo regresar y mostrarle lo que es ser "gente", lo mejor hubiese sido seguir sobre mis pasos, no mirar atrás, y desvestirme de ese lado Robin Hood que algunas veces me aflora. Porque aquí no había nada que darle a los pobres. Porque en la vida muchas veces la justicia nada tiene que ver con la tranquilidad.

Ignacio fue en mi vida, uno de esos grandes. De esos que alguna vez pensé que me acompañarían por muchos años. De esos amigos con los que disfrutaba estar a cada segundo. De aquellos con los que me preocupé de olvidarme de verdad de cualquier rollo carnal y encaminarme a una sincera amistad. Pero él, lisa y llanamente, se había desaparecido. En un día cualquiera, dejó de llamar, y lo que es peor, dejó de contestar. Simple y sencillamente, no me abrió nunca más la puerta de su casa. Y ahora, de en medio de la neblina, reaparecía en mi barrio, en el mismo café en De La Barra en el que casi todas las tardes prendo uno o dos cigarros, y para colmo de males, en la misma mesa que con Roberto decimos "ese es nuestro lugar", odiando a los que no se quieren parar, pagar la cuenta y largar. Y entonces ¿cómo iba a pasar de largo y no darme cuenta de que detrás de ese chico lindo que lo acompañaba, estaba él?

"Yo no hubiese ido a saludarlo, Bernardo. Si me acuerdo perfectamente que me hablaste de él, y a ese chuchesumare le vacío el café en la cabeza. Lo que él hizo es de mala leche. Eso no se hace con los amigos". Y aunque de cierta manera siento que eran un tanto pasional las palabras de Roberto, no por eso dejaba de rescatarle algunos pasajes sinceros. Eso era mala leche, de verdad. Eso no se hace con los amigos, ciertamente. Pero quizás eso es justamente lo que lo amparaba. Que yo no había terminado nunca de ser su amigo, así como él sí lo era en ese minuto para mí.

Nos conocimos en una noche de calentura, en el tiempo en que yo vivía sólo en Santa Isabel con Lira. Internet móvil en mano, el chat lleno de gente y alguien medianamente decente y con ciertas cosas claras. Se podía intentar ¿no es cierto?
Lo fui a buscar, lo subí en mi auto, lo llevé a mi casa y nos bajamos un cuarto de Ron, con más bebida que ganas de hacer algo. No me daba desconfianza, sino todo lo contrario y eso en cierta medida, me complicaba. El trato era un polvo y nada más. ¿No se supone que para eso uno no tiene para qué entrar en simpatía con la gente?

"¿Y? ¿Al final, vamos a hacer algo o no?". Me dio risa su comentario. "Te dije antes de juntarnos que si no te gustaba me podías decir que no, no más. Y que lo mismo iba a hacer yo si tú no me gustabas". Ese era un acuerdo entre caballeros. Y eso yo estaba dispuesto a respetarlo.
"Ah. Supuse que no te había gustado cuando me miraste caminando a tu auto". "¿A ver? ¿Puse alguna cara, acaso? Yo pensé que yo no te había gustado a ti?". "Jajá. Loco. Si está todo bien para mí. Eres guapo". Y como un acuerdo es un acuerdo, el resto de la noche se ocupó en eso.
Pero como los acuerdos también se rompen, nos volvimos a juntar después de aquella noche, aunque se suponía que esto se trataba de una sola vez, y nada más.

Lo pasamos bien. Lo pasamos en grande, de hecho.
Sin embargo, algunas cosas en mi interior también van madurando a medida que conozco a las personas. Tengo esa maricona sensibilidad que me permite comprender cada gesto humano como leyendo en la página de un libro que por más que quiere permanecer cerrado, no puede evitar develar uno que otro capitulo que, en mi manos, no hace otra cosa más que permitirme transparentarlos de tal manera que me aprendo cada triquiñuela, cada giño, cada mentira, como si fueran las mías. Pero, cuando la gente es buena ¿qué es lo que se debe hacer después de que no quedan historias que poder contar?

Agarramos el auto un día a principios de hace un par de años, y nos fuimos manejando a La Serena. Teníamos tiempo de sobra y algo de dinero en los bolsillos, y para entonces yo sentía muchas más cosas por él de las que de verdad le contaba. Se suponía que eramos amigos, con ventaja, es cierto, pero finalmente amigos.
Gastabamos algunas tardes mirando peliculas en su departamento, tomando algo de té en otras, y en otras también dormíamos cansados después de hacer el amor; pero manteníamos nuestra relación en la tranquilidad de aguas que no tienen mucho oleaje. Reposábamos en la confianza de que todo lo habíamos conversado y entre nosotros esto estaba bién, porque cualquier otra intención, lisa y llanamente, sobraba. Al menos para él.

"¿Sabes, Ignacio? Tranquilizate ¿quieres?".
Le dije la última noche que nos quedaba en La Serena, que quería invitarlo a un restaurante que me gustaba mucho allá, para hablar algunas cosas nuestras. Me aceptó, claro, aunque en su cara se podía leer que le preocupaba tremendamente eso, que hablar no era su fuerte, y menos que se lo propusiera yo. Sabía que se estaba preparando para escuchar de mi boca un "me gustas", o un "quiero que intentemos algo más serio", o un "no pude evitarlo, Ignacio, me enamoré". Pero lejos de estar equivocado y aún estando en la verdad, no era nada de aquello lo que yo quería que él entendiera. Yo quería que él supiera que yo era, y trato de ser cada uno de mis días, un hombre maduro.

"Ignacio. Me doy cuenta de lo que pasa por tu cabeza, cada vez que yo te llamo muy seguido. Tienes esa costumbre de desaparecerte cada cierto tiempo para que yo no me pierda en el camino y sepa siempre que tú no eres para mí, que esperas que yo no me enrolle contigo, porque tú estás bien así como estamos pero no quieres nada más, y me lo demuestras alejándote días y días después de haber sido muy cariñoso. Si además de tener sexo, nos dormimos abrazados, al día siguiente no apareces ni por error, y eso lo haces para que yo no me de espacio para enamorarme, pensar cosas que no son y terminar sufriendo. Lo tengo claro..."
Ignacio me miraba dos segundos, y después el peso de sus tupidas pestañas negras desviaba su mirada hasta el mantel, porque en su corazón nunca quiso sentirse tan vulnerable, tan transparente para alguien, y menos para un amigo que conocía cada una de sus partes, tanto en lo que componía su cuerpo, como en lo que daba forma a su corazón.
Sentía que me perdía, pero seguro no entendía que lo único que yo quería era que me encontrara.

"...Por eso, Ignacio, cuando regresemos a Santiago no quiero que volvamos a dormir juntos otra vez".
Levantó su mirada como si le hubiesen llamado desde lejos. Frunció el ceño, como si se hubiese molestado, y me dijo lo único que podía silabar: "No entiendo". Porque en realidad no entendía nada. Esto iba en contra absoluta de lo que quería mi corazón, y él lo sabía.

Le expliqué lentamente, mientras el mesero traía dos copas, que luego retiraba para dar espacio a platos con olor a recuerdos, buenos momentos y una pizca de resignación.
Yo sentía en mi corazón que no quería perderlo, porque más allá de lo que me hubiese gustado ser en su vida, también tenía claro que cualquier tipo de amor más profundo en mí significaba su retiro inmediato y definitivo de mi historia.
Prefería perderlo como amante, para aventurarme a mantenerlo como amigo. Uno de esos amigos que querría con todo lo que se pueda en este mundo. Uno de esos amigos que siempre están al lado de uno, cuando se les necesita.

"Y entónces ¿por qué se desapareció el weón, así tan de repente, amigo? ¿O será que él quería algo más contigo y tú lo destruíste con lo que le dijiste?".
"No sé, Roberto. De hecho después de que conversamos eso no volvimos a dormir juntos para tener sexo. El par de veces que se quedó en mi casa o yo en la suya, compartíamos cama pero más de un abrazo no había. Fuimos muy maduros en ese aspecto. Y pasó mucho tiempo antes de que no lo viera más. Tengo claro que no fue por esa conversación, pero algo más pasó que no sé qué fue. Eso, amigo". "¿Y quieres conversarlo ahora, si ya han pasado más de dos años y el weón no dio ni señales de vida, hasta que recién te lo encontraste por casualidad en la calle?". Sin embargo, yo sabía que el número que me dió no tenía ni siquiera que marcarlo para saber que no era el de él. ¿Cuál era el número que cambió en su dictado? Eran demasiadas las posibilidades como para tratar. Permanecerá en mi teléfono, esperando a que algo más ocurra, pero desde aquí no se va a marcar.

"Lo que más me da lata, Roberto, es que hicimos tantas cosas que encuentro injusto que se pasen por la raja eso, y lo echen al olvido, como si nada. Weón, compartimos cama, viajamos casi como si fuesemos pareja, lo acompañé a elegir su auto cuando quizo comprarse uno, días enteros dando vueltas por ahí, nos conocíamos al revés y al derecho, no había casi nada que no hiciéramos juntos. Y de repente, cero explicación, se desaparece". "Y tú siempre estuviste ubicable ¿cierto? Tú no te desaparecías como a menudo él sí. Entónces ¿qué te sorprende, aparte de darte cuenta de que esta vez él lo hizo definitivamente y no solamente por un par de días, como siempre lo hacía?".

Y claro, no podía ser de otra manera que me hicieran entender que las señales siempre están, aunque no queremos verlas. Si siempre estuve ahí, era yo el que iba a seguir esperando. En cambio, si él siempre se dio esos espacios entre nosotros ¿qué me aseguraba que algún día no sería definitivo?
"Yo pensaba que habíamos logrado convertirnos en amigos. Yo pensaba que era la cama lo único que nos mantenía en la pitilla". Pero no. No era eso. Eran las desiciones que él ya había tomado, seguramente, mucho antes de mí. "Porque Bernardo, amigos ustedes no eran. A los amigos no se les hace eso". Y eso yo lo escuchaba con un convencimiento pleno. Para mí los amigos son sagrados. Los amigos son mi familia. Aunque tengo claro, también, que a veces la familia nos defrauda, nos destierra, no nos quiere de verdad. Y entonces ¿por qué con los amigos va a ser diferente?

Hicimos un acuerdo, un pacto, un tratado, que no pudimos mantener.
En mi vida yo he intentado ser fiel a las cosas que prometo, y me duele no poder cumplir con aquello en que fallé concretar. Porque en cada una de esas veces hice lo que pude, aunque algunos lo interpretaran de otra manera, aunque dijeran de mí que mentí. Porque puedo jurar que lo intenté, al menos, aunque no tuviera fuerzas, o aunque supiera que iba a perder.

Para mí, los acuerdos sí existen y se respetan. Pero tengo la certeza además de que los acuerdos también se rompen. Como aquellos en esta vida en que juraron que estarían conmigo siempre todos esos que hoy ni siquiera puedo llamar. Porque hay gente allá afuera que toma decisiones que nos lastiman, y siguen adelante con sus vidas intentado ser felices, a su manera, no importa cómo. No importa a través de quién.

Por eso Ignacio ahora es en mi historia un recuerdo luminoso que al final de las hojas se precipita a un difuso final.
Quiero no echarle la culpa y no sentir algo de parafina en mi corazón, pero no sé tampoco qué más se puede hacer, si después de haber renunciado a tenerle piel a piel, después de haber aceptado quererle a su manera, a morderme las emociones, a cambio de tenerle siempre cerca, aún así le terminé perdiendo. Porque él lo decidió. Porque él quizo encaminarse hacia otro rumbo y yo, simplemente, no tenía espacio ahí. Porque él tiene una memoria más frágil que la mía. O porque simple y sencillamente, los acuerdos para él son mucho menos importantes que para mí.

Porque si algo tengo claro en ésta vida es que mientras sienta que algo vale la pena, yo lo seguiré intentando. Aunque otros no sean de esos que cumplen lo acuerdos. Aunque me cuenten de lo que no se concretará. Porque si algo he aprendido de todo ello, es que me he ido convirtiendo en una mejor persona.

viernes, 13 de mayo de 2011

78 UNA SOLA ROSA EN SU MANO

Me despierto y pienso en que debo llamar a mi casa en el sur. Domingo es, en mayo estamos, y hoy celebramos mi número 32° día de la madre. ¿Cómo voy a ser tan mal hijo como para dejarlo pasar?

Es grato escuchar nuevamente la voz de mi familia al otro lado de la línea.
Aunque estemos lejos, aunque a veces nos demoremos, sabemos en el fondo que siempre estamos ahí el uno para el otro y a ratos siento que esa es una de las pocas cosas que realmente me consuela cuando me despierto con la nostalgia acostada al lado mío y echo de menos los olores de nuestra cocina en el sur.
Cuando uno vive en departamento por mucho tiempo, a veces la altura nos arrebata de la seguridad de tener siempre nuestros pies bien puestos sobre la tierra.

"Amigo ¿por qué no aprovechamos la mañana y vamos al persa hoy? Mira que siendo de Santiago toda la vida, nunca he ido y tengo unas ganas locas de ir a cachurear ¿Y después me acompañarías al cementerio un rato en la tarde?".

Salimos con Roberto a eso de las 12.00 para hacer algo distinto. Yo tengo mis picadas en el Persa Bio-Bio y muchas ganas de que mi compañero se haga parte de ese pedacito de mundo mío también.
Decidimos irnos en Metro y apenas desembarcamos en la estación Franklin ya se sienten los olores de los mercaderes de por aquí. Y de ahí en adelente todo se convierte en novedad.

"Bernardo, weón. Está como para venir a buscar marido acá. Tanto flaite rico, amigo. Voy a llegar con el azucar por el piso, weón ¿Un mote con huesillo?".
Lo primero que me interesaba que conociera era mis fondeos musicales. Esos rincones cerca de Santa Rosa donde compro casi todo lo que tengo hoy en día en cd's. Tenía claro que él pensaba que acá no se venden los originales, pero como yo jamás escucharé un pirata, lo quería terminar de convencer.
"¿Y estos son todos robados, amigo? Porque dicen que acá todo se consigue movido". "No, Roberto, si esto es lo que de verdad uno debería pagar por la música. En Argentina es más o menos lo mismo lo que te cobran por un cd ¿Te acuerdas de los que compré en Mendoza? Y si te fijas en las carátulas dice "Hecho en Argentina". Pero no son movidos, amigo. Imagínate para robarse esta cantidad".
Y es verdad. Basta ver los volúmenes de música apilados en las estanterías para percatarse de que acá todo está al alcance de la mano, como de verdad ciertos lujos en esta vida deberían estar.

Recorrimos los libros, la ropa, los perfumes, los videos, y nos quedamos un rato pegados fente a un gigantesco espejo de marco color plata recostado de uno de los muros de un sucucho de antigüedades que tiene desde peces globo hasta espadas de fierro forjados de manera manual. Pero este espejo parece sacado de otro siglo. De hecho, parece sacado de otros mundos, y seguramente ambos nos imaginamos viviendo en una casa grande donde poderlo colgar.
"Amigo, tantas cosas que hay acá. Jamás me imaginé que era así el persa. Lo que uno quiera lo pilla aquí. ¿Me acompañas a preguntar por unas chaquetas que vimos atrás?".

Roberto sonríe y a ratos me parece que está demasiado cómodo acá. Y yo me pregunto ¿por qué es que viviendo sus 36 años en esta misma ciudad, recién viene a conocer con un provinciano apenas aparecido uno de los más variopintos suburbios de Santiago? ¿Por qué es que ésta oportunidad la tenía que vivir conmigo?

"¡Mira, weón, qué rico está ese flaite de polera roja! Con cara de flaite, cuerpo de flaite, poto de flaite, weón. Me pesca uno así, amigo, y me caigo muerto y me paro vivo". Y de verdad que en éste tenía algo de razón, aunque para ser sincero, los flaites a mí nunca me han llamado mucho la atención.
Sin embargo, éste en particular, algo tenía que me hacía mirarlo, demasiado de hecho, después de que mi amigo hubo puesto sus ojos en él. Pero cuando se le acercó demasiado, yo preferí escabullirme un poco más adentro del puesto de máscaras talladas en madera balsa de la India.
"Amigo, le toqué todo el poto". "¿Y? ¿Qué tal?". "Rico el guacho de mierda. Durito. Redondito". "Sí caché. Por lo mismo te dejé sólo no más. Porque ya veía que recibía yo el aletazo". "Si me dijo, Bernardo, y yo me quedé helado. Me dijo "Me tocaste el poto". Y yo pensé que me iba a sacar la chucha, amigo. Pero se rió nada más".
A veces pienso que este Roberto tiene demasiada suerte en cosas como ésta. Seguramente si yo lo hubiese hecho, ya vendría de regreso con un ojo en tinta. En cambio al perla, le ríen. Y todavía no entiendo qué es lo que tiene que no hay forma en que Roberto pueda a alguien caerle mal.

Recorrimos más de lo que podíamos caminar, pero no habían ánimos tampoco de regresarse pronto y decidimos comer una bandeja de sushi con un poco de sésamo y pescado en el medio de la vereda.
"¿Estas chaquetas son North Face de verdad?". "Yo creo. No sé. Son iguales ¿o no?". Se probó varias y dejó una que otra vistas para regresar a comprar. La idea es irse bien aperado a su viaje a Roma en julio, y acá tiene la oportunidad precisa para no gastar mucho en ello e irse vestido de punta en blanco a sus vacaciones en Iberia a la sede papal.
¿No es verdad acaso que en el persa hay de todo lo que puedas soñar? Incluso hombres guapos, diría mi amigo, de seguro. Incluso alguien con quien poderse casar.

De regreso en el Metro, buscamos un asiento, pero va todo lleno. Y recién me doy cuenta de que el vagón va repleto de flores. Por un momento se me había olvidado que hoy es el día de la madre y solamente cuando me repongo de la amnesia, entiendo todo.

Yo estaba embebido en los discos que encontré. El de Adele que estuve a punto de encargar al triple del precio en Funtracks, y uno de Mecano que ni sabía que existía ya. Me desespero por llegar a escucharlos pronto, pero todavía queda algo que hacer, así que mejor no le digo nada.
"¿De verdad no conoces el Cementerio General? Te va a encantar, amigo. Hay unas construcciones increíbles ahí. Sobre todo en el patio histórico".

Nos bajamos al fin en la estación Cementerios, y apenas ponemos un pie afuera del vagón me doy cuenta de que lo que lleva Roberto reflejado en su rostro, no es el mismo cansancio que ya me reduce a mí, sino un poco de pena que se le cuelga del brazo.
"Le voy a comprar una sola rosa a mi mamita, porque el Sergio vino ayer y la Marlen hoy en la mañana, así que deben haberle dejado arregladito todo ya".
Nos detenemos en la entrada y el muchacho que lo atiende es lindo, de verdad, pero Roberto no tiene interés alguno esta vez. Y yo me percato de que hay algunas cosas en nosotros que a menudo cambian, sobre todo cuando se piensa en aquello que resulta importante de verdad.

Caminamos por los pasillos llenos de nombre y agradecimientos y cruces requebrajadas y fosas olvidadadas y fotografías cargadas de recuerdos de personas que se fueron de este mundo hace tiempo ya; y a mí me resulta inevitable hacerme cargo de la nostalgia.
Pienso en que no quiero morirme tan pronto, y más aún en que no quiero que alguien de los míos se muera. Pienso en mi madre y en mi padre y en el pánico que me da la sóla idea de tener que estar de pie en un lugar igual que éste cuando el destino se pose por sobre alguno de ellos, y una lágrima se me asoma amenazante en la comisura de mi ojo. Pienso en que lo único que no quiero en este mundo es que mi vida se pase y no haya dejado jamás una huella en nadie. Pero si la vida me resulta a menudo injusta, más injusta me resulta la muerte, para aquellos que tenemos que quedarnos a pensar en ella sumidos en la pena.

"No he visto tu apellido en ninguna lápida, amigo. De verdad parece que no es muy común". "¿También estabas buscando? Me las he leído todas y no he visto ninguna, pero ¿por qué será?". "Yo ya estoy pensando que quizas son medio vampiros tu familia". "Ahora que lo dices, amigo, no recuerdo haber ido nunca al funeral de nadie de mi familia". Lo digo, para alivianarle un poco nada más los pasos, pero no en realidad porque sea verdad, y al mirarlo al menos le consigo una sonrisa.

Seguimos caminando despacio y de pronto pasamos por el frente de coronas y flores que aún conservan el aroma de algunos que recién se han despedido de aquí, y a mí la angustia se me empieza a colgar del ceño.
¿Todas estas personas fueron enterradas hoy? Todas estas y quizás más de las que vemos. Pero más pensaba yo en que, siendo algunos los que se retiraron, muchos más son los que se quedaron para comenzar a extrañarles recostados en la tristeza de lo que a veces cuesta una vida superar.

"Esa es la misma foto de mi mamita que tengo en la casa ¿te diste cuenta? Ahí tenía como cincuenta y cuatro, o cincuenta y cinco años. Y ¿viste que le dejaron todo con flores mis hermanos ya?. Hola mi viejita, cómo estás. Te vine a ver también para que no me eches de menos".
Roberto se reclina y le da un beso a la fotografía sonriente de su mamá. Sus palabras son torbellinos en mi interior, pero más lo son sus hechos. ¡Qué distinto es el Roberto que me espera todos los días en casa, al que ahora yo estoy viendo aquí!.

"A veces no puedo creer que sean ocho años ya desde que se murió mi mamita. A veces pareciera que hace dos o tres años nada más se me fue, pero es increíble cómo pasa el tiempo, amigo. Y yo la sigo echando tanto de menos. Me acuerdo que cuando falleció yo estaba recostado igual que ahora a los pies de su cama. Me hace tanta falta no tenerla acá".
Roberto estaba de pie con sus brázos lánguidos apoyándose sobre el pequeño techo de tejas que le hicieron hace años atrás para que no sea solamente una tumba más entre tantas. Y debajo de él las flores se acomodaban como intentando abrirse un poco más.

Me contó sus recuerdos, me contó de lo que él más extrañaba. Y yo en su sinceridad me encontraba de golpe con un lado nunca explorado en quien comparte el techo bajo el cual ambos acumulamos nuestros sueños.
¿Por qué no lo había entendido así? ¿Por qué nunca antes esa parte de mi amigo yo vi? ¿Por qué ahora me tenía llorando como si la perdida fuese mía?

Creo que me impregné del perfume de ese cementerio. Pero más se quedó en mí la escencia de lo que ese Roberto que se manifestó ante este par de ojos lacrimogenos, ahora me mostraba, y yo lo único que intentaba era no dejarme ver. No quería causarle más penas. No quería que él cayera también en esta desolación que me abatía. Él miraba y recordaba en la fotografía de su mamá la tremenda ausencia que se le aproximaba en este día en que nuevamente ella no está. Como no estará nunca más en esta vida.
Creo que hay dolores como éste que jamás se saben sobrellevar aunque pasen los días.

Regresamos por entre las tumbas y los nichos. Y de paso por el cementerio nos dimos tiempo para prender un cigarro y recoger los pocos piñones que cayeron mientras pasábamos por entre los cajones de algunos héroes ábatidos.
Allende a un costado. Manuel Montt por el otro. Gladys Marín un poco más adelante. Esos sos los vestigios de una batalla que nunca se va a terminar de ganar. La batalla de la vida contra la insuperable muerte que a todos nos va a terminar por alcanzar algún día.

Solos en el departamento, nos despedimos y dimos gracias una vez más por estar juntos. Pero esta vez por vez primera yo di esas gracias con mi corazón inflamado de una certeza que pocas veces he sentido en esta vida. La certeza de estar compartiendo espacio con alguien con quien realmente vale la pena compartir los momentos preciosos de nuestro existir.

Mientras vivamos es cuando debemos hacernos cargo de contruir memorias con quienes nos enseñan día a día a ser mejores personas. Porque yo pensaba que Roberto enseña a sus pupilos algo de religión, bondad y un poco de fe en la gente de éste mundo. En cambio ahora sé que lo que él enseña en el fondo es a saber vivir de verdad.

Lo vi caminando con una sola rosa en su mano esta tarde. Y lo vi dejando esa rosa en la tumba de su madre con uno de esos amores que son los más grandes que hay en la tierra.
Más después de eso solamente me queda entender que ninguno de nosotros en el fondo tiene la vida comprada para quedarse para siempre acompañándonos.

Por eso mientras tenga a mi lado gente que valora algo en mí, es mi deber entregarles aquello que sea lo mejor que tengo para dar. Porque esa es la única forma en que lograremos perdurar para siempre después de que hayamos hecho abandono de este mundo, en ese segundo que nadie sabe.
Porque la eternidad se logra para siempre, solamente en el corazón de quien nos quiere.
Al menos para recibir también una rosa. Una sola rosa que en el fondo en cada pétalo guarda cada recuerdo del amor que cultivemos aquí.